Nuestra Señora del Rosario

Nuestra Señora del Rosario
Patrona de Perú
Fiesta 7 de Octubre

La imagen más antigua del Perú
Según una constante tradición, la imagen de la Virgen del Rosario venerada en la Basílica de su nombre en Lima, vio surgir la ciudad fundada por Pizarro en el valle del río Rímac. Donada por el Emperador Carlos V, fue traída al Perú por los primeros conquistadores para que “los favoreciese en tan ardua empresa”. La imagen fue colocada inicialmente en la primitiva pila bautismal de Santo Domingo donde los “primeros creyentes idólatras fueron reducidos”.

Se trata de una estupenda talla en madera policromada de 170 cm., atribuida a Roque de Balduque. En su rostro parecen conjugarse la majestad de Reina y la dulzura de Madre. El Niño, a quien sostiene en el brazo izquierdo es también obra perfecta y así el manto, que desde la cabeza baja sobre sus hombros, como los pliegues de su túnica y la finura de sus manos, revelando la destreza del artista que la esculpió.

Según aseveran los cronistas, la “forma visible” que tomó la Virgen —llamada del Triunfo o Sunturhuasi— cuando se apareció en el Cusco, durante el terrible cerco de Manco Inca, a miles de indios guerreros que dejó estupefactos, coincidía con la imagen del Rosario venerada en el convento de Lima.

De cómo se comunicaba con nuestros santos
Es digno de resaltar los coloquios sobrenaturales que esta sagrada imagen tuvo con los santos que vivieron en la Lima virreinal. Entre ellos se destacan los que así nos narra Santa Rosa: “Que no hablaba la imagen dando voces, ni usando de particular idioma, ni con movimiento de los labios; que este admirable modo de hablar se obraba por oculta simpatía y que daba a entender todo lo que quería decir sólo con el modo con que despedía lucientes rayos de la frente apacible y serena; y que estas eran para su espíritu unas señas tan distintas, tan claras, tan diestramente formadas, que la significaban todo lo que esperaba entender con más certeza que pudiera el más retórico, más fecundo y elocuente, si al oído respondiera a lo que ella preguntaba… ”

De su constante patrocinio sobre Lima y el reino
Muchos otros milagros se le atribuyen. En 1605, cierto día, Lima vio cruzar por sus calles a un grupo de hombres vestidos de andrajos, tostados por el sol, con la barba crecida y los cabellos desgreñados. Eran náufragos de un navío que los había abandonado en las islas Galápagos. Dos años permanecieron allí, en medio de grandes penalidades y casi sin esperanza de socorro, hasta que tuvo pena de ellos la Virgen del Rosario, auxiliándolos el mismo día de su fiesta. En agradecimiento y en cumplimiento de su promesa, iban a postrarse a los pies de su soberana.

Pero más que los favores particulares, acredita su patrocinio el constante recurso de la ciudad ante las calamidades públicas. En octubre de 1643, Don Pedro de Toledo y Leyva, Marqués de Mancera, Virrey del Perú, ungió a la Virgen del Rosario como Patrona y Protectora de los Reinos del Perú. En abril de 1671, era sacada en procesión, rindiéndole gracias por la victoria obtenida en Panamá contra los ingleses y se vio al Virrey, Conde de Lemos, conducir en sus hombros la santa imagen. En octubre de 1687, el vecindario de Lima acudió a implorar su protección, atemorizado por los temblores que conmovían la ciudad.

Más notable fue la intervención que tuvo en 1746. El viernes 28 de octubre, un formidable terremoto asoló la ciudad y el mar sepultó bajo sus olas al puerto del Callao. Tan pronto como se pudo, la venerada imagen fue conducida a una tienda en plena Plaza Mayor, donde se elevaron plegarias, a fin de que pusiese remedio a tantos males y la Virgen no desoyó a sus hijos.

A comienzos del siglo XIX se hicieron solemnes rogativas por la liberación de Fernando VII y la expulsión del invasor napoleónico. Duraron estos cultos del 16 de octubre de 1807 al 24 del mismo mes, y fue inmenso el concurso de gente que la acompañó en su triunfo, tanto a la salida de la imagen como a su vuelta de la catedral.

Su imprescindible auxilio en la hora presente
No podía faltar a imagen tan querida la apoteosis de la coronación canónica. El 2 de octubre de 1927, el egregio Arzobispo de Lima, Mons. Emilio Lissón y Chávez, ciñó sobre la Virgen y el Niño artísticas coronas. La presencia del Presidente Leguía, su Gabinete y la de todos los Obispos del Perú, dieron realce a la fiesta, convirtiéndola en un solemne tributo de la Iglesia y de la Patria a la Reina del Cielo.

Desde entonces, el culto a la Santísima Virgen del Rosario ha sufrido los altibajos de una Fe en crisis. No obstante, ¿cómo no pensar que la Virgen, compadeciéndose una vez más de nuestro pueblo, apartó del país el flagelo del terrorismo a raíz de una verdadera resurrección del rezo del Santo Rosario? Seamos hijos agradecidos y perseveremos en su devoción, porque el Perú hoy más que nunca necesita del auxilio de su gloriosa Patrona.

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